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-*Nótese que no sabía que nombre ponerle x2*


Erase una vez, en algún tiempo lejano, un mundo donde habitaban los humanos: seres vivos que caminaban erguidos, que poseían manos y pies que los agilizaba y ayudaba a obtener habilidades especiales. En este mundo regía la magia, los hechizos, las maldiciones, los conjuros. La magia negra y blanca abundaba dependiendo las zonas.

También, los animales o criaturas fantásticas habitaban en todos lugares, hablamos de distintas especies, algunas ya vistas por los humanos, y otras que ninguno se había atrevido a ver jamás… O al menos, ver de cerca. Eso no era lo único: pues en este mundo también gobernaba, en este caso, una princesa.


Una princesa cuya piel era blanca como la nieve y sus cabellos eran de colores pasteles, que deslumbraban y maravillaban todo y a todos a su alrededor. Casualmente, esta princesa llevaba el nombre de “Celestia”. Ella también tenía la habilidad de hacer amanecer y anochecer, a través de la magia que poseía en su interior, en sus venas, en su cuerpo. Dicha magia interior había sido heredada en su familia durante generaciones y generaciones. La magia de la familia real era muy, muy poderosa. Se decía que nadie, aunque muchos intentos haga, podía superar o siquiera llegar a esa cantidad de magia.


En este reino, las cuestiones de la hechicería era algo bastante común entre los habitantes de las clases altas. Gracias a esta, ellos podían hacer lo que quisieran sin usar sus manos ni pies. Pues, nacían con ella, y con esa magia desarrollaban nuevas e increíbles habilidades.


Ya para las clases medias, su uso no era algo habitual. Tal vez sí, pero solamente para sacar pequeñas ventajas y no para grandes cosas. Esto era debido que no todas las personas poseían dicha magia en su interior, y si la tenían, no era tan poderosa como las personas pertenecientes a la clase alta. Menos de la mitad la tenía.


Entre las cabañas de las clases medias, había una familia conformada por tres personas: una madre costurera, un padre trabajador y una pequeña hija. Pero, algo raro de esta familia se encontraba en la pequeña: ella poseía magia, una magia poderosa y muy habilidosa. Una magia que supo controlar desde sus primeros años de vida ¡Desde que apenas había cumplido dos años! Esto sorprendió mucho a la gente de sus alrededores. Primero, que ella hubiese nacido con magia proviniendo de padres que eran personas comunes, y segundo, el poder que tenía esta.


Sin embargo, había algo que la hacía perder el control de dicho poder: enojarse, estar bajo un mal humor o inclusive, estando desanimada. Pero esto no era algo de qué preocuparse, pues, era muy raro que una niña estuviese así ¿No? Pues, ella no. Si se enojaba por la más mínima cosa que sus padres decían, ya perdía el control y tiraba sus auras mágicas hacia cualquier lado, rompiendo vasijas y floreros. También había pasado que una vez, un vecino suyo se le había reído por un tropiezo, y la pequeña terminó derribándolo a él en el suelo, por su fuerte y descontrolada magia.


El nombre de esta infante era Starlight Glimmer. A ella le gustaba hacer muchas cosas durante su niñez. Salir a jugar, tirarse en los charcos de lodo, jugar con las muñecas de trapo que hacia su mamá, trepar los secos árboles de su zona y demás. ¿Jugar con amigos? Eso no era algo muy posible en ella… Pues, era muy tímida y no se animaba a hablar con sus vecinos de su edad. Sin embargo, esto no significaba que la pequeña no tendría ni un solo amigo: Sunburst era el único que tenía.


Sunburst era un niño que vivía a un par de cabañas de la suya. Sus padres habían sido amigos durante muchos años, y esto favoreció más al nacimiento de la amistad entre los niños. Starlight y Sunburst se consideraban mejores amigos.

Cuando el calor se mantenía, ambos salían a refrescarse a una laguna que estaba cerca de sus hogares. Muchos de los niños del pueblo que estaban allí, se alejaban un poco de Starlight al verla llegar. Habían oído ya, que ella tenía un excelente poder… Pero con el más mínimo enojo, perdía el control de este y le temían simplemente por eso. Sonaba bastante ridículo que le temieran a una niña de su edad. Pero así era la verdad. Una triste verdad...


Pero ella no era la única de su edad en tener una magia tal como la definían. Sunburst también tenía un poder increíble ¡Y que iba desarrollando cada vez más! Incluso superando a su mejor amiga, llevándolo a hacer cosas increíbles, a ayudar a su familia en sus trabajos, a hacer las cosas del hogar tales como lavar las vasijas, ir a buscar agua a la laguna y demás. Él no se descontrolaba nunca, esto hacía que su magia fuera tranquila y cada vez más poderosa. Tanto, que los rumores empezaron a esparcirse entre todos los vecinos de lugar, llevando la historia del pequeño a muchos lugares del reino.


- ¿Acaso ya lo vieron?- se decían las personas- ¡Es el niño más poderoso que haya existido jamás! ¡Es un milagro de Dios!


- Pero no tan poderoso como su majestad Celestia- decían otros- Es imposible igualar todo ese poder.


En eso tenían razón, cualquier persona no podía llegar al nivel de poder que poseía su real majestad. Pero esto no era imposible, no ahora que el rumor había llegado a oídos de la princesa.


- Quiero que me traigan a ese niño- le pidió su majestad a sus guardias- Quiero que venga al palacio y poder hablar con él y con sus padres también. Él será un niño muy bueno en todos aspectos, y tengo un plan para ello.


Los guardias obedecieron y enseguida dos de ellos partieron al pueblo para buscar a aquel niño del que todos hablaban. La búsqueda no fue muy larga, pues la primer persona a la que habían consultado, había sido quién los había guiado hacia donde estaba el niño. Se trataba de una anciana muy abable, quien caminaba delante de los guardias y así, llevándolos a su destino.  Terminaron encontrándolo en la laguna, donde él estaba solo y jugaba con un barquito de papel, acompañado de una fresca brisa. Enseguida los guardias le agradecieron a la señora y luego se acercaron al niño.

- Buenas tardes, pequeño-dijo uno de los guardias, al ponerse justo al lado del pequeño- Tu nombre es Sunburst ¿No es así?

El niño movió su cabeza lentamente de arriba hacia abajo, eso significaba que Si.

- Bien... ¿Podrías llevarnos con tus padres?...-preguntó amablemente el guardia, agachándose para quedar cara a cara con el infante.


El niño un poco tímido (más bien, asustado) dijo que sí. Dio unos pasos y pidió que lo siguieran, así poder llevarlos a su casa. Así fue que los guardias llegaron a la cabaña del pequeño, pasaron adelante y en nombre de la Princesa Celestia, leyeron un pergamino en el cual, la princesa solicitaba la presencia del niño y de sus padres en el palacio. Al escuchar dicha solicitud, un poco inseguros del porqué su real majestad había pedido tal cosa (ya que el pergamino no aclaraba ninguna razón) terminaron aceptando, y fueron llevados por los guardias hacia el palacio al par de horas.


Una vez allí, la Princesa Celestia los recibió muy alegres, y sin dudar los dejó pasar al comedor real para una cena. En esta cena, no sólo degustarían de deliciosos platillos elaborados cuidadosamente, sino que también, escucharían la petición de su majestad.


- Quiero que su hijo asista a una Escuela Real- exclamó la princesa- Una Escuela de Magia para niños superdotados, tal como es el caso de Sun... Sunburst.


Los padres no supieron cómo reaccionar ante tal situación, y Sunburst… Él apenas tenía siete años, pero entendía bien a lo que se refería su alteza.


- Será completamente gratuito y los estudios durarán muchos años- dijo la princesa- Según lo que he oído, su hijo posee una increíble magia y es algo que le servirá al reino en algún futuro. Él no será el único en acceder a la escuela. Tengo a una niña más de su edad que también será invitada a formar parte.


Al escuchar todo esto, los padres muy alegres y maravillados aceptaron con gusto la propuesta de su alteza. Sunburst también estaba de acuerdo, le interesaba mucho todo lo relacionado con la magia y también, el hecho que hubiera “alguien más” como él allí. Además, para sus padres fue una oportunidad única: el recibir una educación avanzada como la que había sido ofrecida, no era algo muy posible. En el pueblo todavía no había ninguna escuela construida, por lo tanto, los niños aprendían todo lo que sus padres y familiares les enseñaban.


El aceptar también implicó que la familia y el chico tuviesen que mudarse a la zona cercana al palacio, la cual era denominada la “Clase Alta”. Pero esto trajo una consecuencia: la amistad entre Sunburst y Starlight. Cuando él se mudaría, estaría muy lejos de su mejor amiga, y también la dejaría sola. Ambos se sentían muy mal por ello, pero era una oportunidad única y el mismísimo Sunburst entendía que no había que echarlo a perder.


Como fue provisto, los dos niños se separaron. El niñato fue a vivir con sus padres a las zonas de las clases altas, en una hermosa casa bien mantenida y construida. Fue un poco complicado acostumbrarse a vivir allí, pero después terminaron formando parte de la alta sociedad. Cada vez más alogiados por su hijo, el cual cada día aprendía más y más y consigo, hacia que su magia fuese más fluida e intensa, más poderosa y hermosa. Mientras que Starlight… Ella quedó como siempre. Sola, jugando y teniendo una vida normal, lamentablemente, descontrolando su poder cada vez que se enojaba o se ponía triste. Esto último se le hacía más común al ir creciendo… El estar apartada, sin amigos, dejada de lado… La fue convirtiendo en una chica cuyo poder era increíble, pero que podía causar malas cosas.


Las estaciones fueron cambiando, los años también. Lo que eran hojas anaranjadas y frágiles de árboles secos y ramas a punto de partirse, pronto se convirtieron en hermosas copas de un verde luminoso y frutos exquisitos. Obviamente, los dos chicos también crecieron, convirtiéndose en jóvenes dispuestos a hacer todo lo que se les propusiera.


Sunburst era un fantástico maestro y hechicero. Su poder era increíble, había creado nuevos conjuros que ayudaron al reino en sus malos momentos, e inclusive, creó portales hacia mundos que sólo él conocía. Convirtió a muchas personas en lo que ellos deseaban ser. Escribió muchos libros. Viajó a investigar nuevos lugares, nuevas personas y nuevas criaturas. Terminó siendo maestro de magia en la misma escuela en la que él había estudiado.


Mientras que Starlight… Ella cambió para mal. Estaba dispuesta a hacer todo lo que pasara por su cabeza. Destruir, asesinar, vengarse, continuar... Su madre había muerto cuando ella había cumplido tan sólo once años, y su padre terminó abandonándola al entrar en un estado de locura tras la muerte de su esposa y algunos problemas económicos que esto trajo consigo. En lugar de ayudarla, los ya adolescetes del pueblo sólo se alejaban de ella y susurraban cosas. No solo porque su magia había causado conflictos grandes como la destrucción de su propia cabaña y la muerte de su madre, sino que también, el abandono de su padre, y el hecho que tuviese que cuidar de ella misma con diesisiete años de edad.  No tenía con quien ir ni a dónde ir.

A fin de cuentas, terminó escapado de su pueblo hacia las lejanías, para crear a través de su magia, hechizos básicos y materiales como heno, troncos y cuerdas para construir varias chozas, comenzando  primero con la suya.  En estas chozas, habitaban personas. Muchas personas las cuales, eran manipuladas mentalmente por Starlight, a través de un hechizo mágico que mantenía todo el tiempo en pie.

Estas personas mantenían un pensamiento de ser iguales, de caminar siempre con una sonrisa y de rechazar y violentar a aquel que se considere “diferente”.  Su poder crecía cada vez más y más. Había pasado a tener magia oscura, una magia malvada que solo podía realizar hechizos con mala intención. Starlight se había convertido no solo en la dueña de aquel pequeñísimo pueblo, si no, que dueña de todos los pensamientos de dicho lugar y dueña de una magia peligrosa.

También había creado un hechizo para ocultar su pueblo de la vista de los guardias reales o personas encargadas de investigar las zonas. Las personas comunes como viajantes o gente que escapaban de sus hogares podían ver perfectamente el pueblo y quedarse allí para pasar la noche o conocer el lugar de pura curiosidad. Pero… Una vez que entraban y conocían a su gobernante… No había vuelta atrás.


Respecto a lo anterior, ¿Cómo era que Starlight sabía quiénes eran miembros de la corte real y quienes eran personas comunes y corrientes? Bueno, ella era la creadora del hechizo. Quienes corrían a avisarle lo que sucedía allí afuera, eran sus fieles “mascotas”: grifos. Criaturas mitad águila y mitad león, fuertes y grandes, los cuales habían sido cuidados por la chica desde que había llegado al lugar. ¿Ellos también estaban bajo el hechizo de Glimmer? No. Solo obedecían las reglas de quien consideraban como su “dueña”.


Y así como el caso de los grifos, otras criaturas rodeaban al pueblo o incluso paseaban sin problemas en él: Mantícora era otro claro ejemplo. Esta criatura era más extraña, era un león con alas y con cola de escorpión y dos gigantes colmillos. Mantícora era el fiel compañero de Starlight, un buen guardián y compañero de la joven. Al igual que los grifos, no estaban bajo un encantamiento, sino que había sido encariñado por Glimmer.


Habían más ejemplos… Pero eso no era lo más importante –por ahora-. Pues, como todos bien sabemos, algún día lo que se oculta, termina siendo descubierto. Y tal es el caso del pueblito gobernado por Glimmer, quien fue descubierto por un guaria real. Un guardia joven, más bien el “jefe” de los guardias reales. ¿Acaso la misión de los grifos había fallado? Pues, no. Este guardia no estaba vestido como tal, sino que llevaba un chaleco de tela desgastada, debajo de este, una blusa blanca manchada, un pantalón azul oscuro con agujeros y unas alpargatas de tela muy humildes. Parecía una persona cualquiera, un campesino, al cual enseguida dejaron pasar sin consecuencias.


- Vaya… Un pueblo cuidado por… ¿Grifos?- se decía muy bajito al apenas entrar- Bien… Es hora de seguir con esto.


El joven seguía dando pasos, comenzó a observar el pueblo: cabañas de madera muy bien hechas y otras chozas a punto de caerse. Había variedad para todos. Empezó a sentir un rico olorcito a pan recién salido del horno, y así lo era: una señora con una alegre sonrisa salió de su cabaña para ofrecerle al chico. Él sonrió y agradeció, pero siguió su camino sin aceptar nada. No tenía apetito. Tenía curiosidad.


Siguió caminando, topándose con más personas quienes lo saludaban desde lejos o de cerca, con un estrecho de manos, un abrazo o incluso un beso. Niños y adultos, adolescentes y ancianos. Todos por igual se comportaban amables con el chico que caminaba recién llegado. Pero, había algo que todas estas personas tenían en común… Sonrisas. A ninguna de ellas la veía con un gesto diferente. Todas mantenían esa sonrisa gigante en sus rostros, voces alegres que no daban signos de seriedad, tristeza o furia…


Esto comenzó a perturbar un poco al chico. Esa igualdad en todas, absolutamente todas las personas. Y eso que había visto a unas veinte, no se imaginaría a ver a las demás. Él se preguntaba. ¿Por qué en el pueblo perdido todos sonreían? Pues… Estaba por preguntarle eso a un señor que estaba herrando a su caballo, con una enorme sonrisa en su rostro. Pero este le intervino la pregunta.


- ¡Bienvenido seas, buen joven!- lo recibió el herrero- ¡Espero que pases muy bien tu estadía aquí! ¿¡Quieres hablar con nuestra gobernadora, la señora Starlight Glimmer!? ¡Adelante, pase! ¡Será un gusto para ella recibir a una persona más!


Esto incomodó bastante al chico. Esa actitud extremadamente positiva y esa sonrisa que mostraba los dientes podridos del hombre. Se negó con un poco de amabilidad y retrocedió para salir del pueblo. Volvió a saludar de lejos a todas las personas que lo habían saludado al principio. Se despidió de los Grifos con una sonrisa y se fue, partiendo a otro lugar. ¿A qué zona tenía que ir ahora? Bueno, recordemos que se trataba de un guardia real… Un guardia que enseguida se dirigió al palacio para contar lo que había visto.


- ¡Y juro que todo lo que le digo es real!- decía el guardia frente a su alteza, la Princesa Celestia, quien estaba sentada en su altar escuchando al joven.


- ¿Estás seguro de lo dicho, Shining Armor?- preguntó Celestia- Los demás guardias y controladores jamás han visto ni oído sobre ese pueblo del que cuentas.


- Sí, es verdad, y estoy completamente seguro de lo que he visto- exclamó el guardia-Si quiere… Puedo regresar e ir por pruebas…


La Princesa se colocó a pensar mientras observaba la insistente cara de su guardia.


- Pues… Se me hace algo extraño. Un pueblo “perdido” cuyos habitantes nomás poseen sonrisas en sus rostros... Pero, si me traes una prueba de que es real, sea lo que sea, aceptaré con mi palabra.-exclamó su alteza.


- ¿Con… su palabra?- preguntó el guardia- ¿Usted me lo está diciendo en serio…?


- Así es, Shining.-respondió Celestia- Si me traes una prueba de ese pueblo, yo aceptaré que te cases con mi sobrina, la Princesa Candence.


Tras escuchar dichas palabras, el guardia sonrió y muy agradecido corrió a besar la mano de su alteza.


- Con gusto, su majestad Celestia- agregó.


- Pero… Te diré algo más…- exclamó Celestia, haciendo que el joven soltara su mano- Tienes que ir con el resto de los guardias. De lo contrario, todo se suspenderá.


El tal Shining Armor aceptó un poco dudoso y salió del centro real. Pues, él ya tenía una sospecha: ni los guardias, ni él mismo vestido con su armadura real, habían visto a aquel pueblo, ni a uno de sus habitantes y siquiera a los grifos. Pero aún así, tuvo que obedecer las reglas de su alteza, para así poder contraer matrimonio con su hermosa sobrina.


No había pasado ni media hora que los corceles reales y los guardias salieron del palacio para dirigirse a dicho lugar, guiados por Shining Armor. Cabalgaron por, aproximadamente, una hora. Llegaron más pronto de lo que esperaban tardar, pero aquí fue donde sucedió lo predicho: el pueblo no estaba.


Los guardias comenzaron a preguntarse qué era lo que pasaba, y enseguida comenzaron a acusar de Armor de mentiroso, de estúpido e insultarlo. De llamarlo “interesado”, porque bien sabían que Shining estaba muy enamorado de la princesa Candence y que Celestia solo aceptaría su mano si una prueba del pueblo “perdido” entraba al castillo. Pero fue allí que…

En plena discusión, insultos y quejas, escucharon un rugido. Un rugido proveniente de un animal feroz. Shining reconoció ese sonido, sabía de qué animal provenía, mientras que los demás no: grifos. Cuando el jefe de los guardias estaba por avisarle a sus compañeros de lo que se trataba, que esos animales “fantásticos” estaban en la entrada del pueblo, un fuerte ruido se escuchó muy, muy cerca: uno de los grifos se había detenido justo frente de los guardias y de sus caballos.


Armor se dio vuelta para observar al animal, el cual tenía sorprendido a los demás guardias. Pero no pasó más de un par de segundos, que el grifo le rugió y se le echó encima, tirándolo al suelo y atacándolo ferozmente allí. Mordiéndolo, clavándole sus colmillos y garras en su cuerpo, hiriéndolo. Se le hacía imposible poder ponerse de pie, pues el grifo era muy grande y pesado, y no lo dejaba nisiquiera respirar. ¿Los guardias podrían haberlo ayudado atacando al grifo, no? Pues… Ellos corrieron la misma suerte que Shining.


Una manada de grifos, aproximadamente unos once o doce, atacando al montón de guardias reales y a sus corceles también. Todos tirados arriba de estos, pegando atracones e hiriendo con sus garras filosas y largas. Ninguno pudo salvarse, aunque lo hayan intentado, terminaron siendo asesinados por esas “bestias”.


Shining Armor fue el último en morir, y el que vio toda la escena completa: los guardias, desangretados y muy heridos en el suelo, ya sin vida. A unos se les había sido arrancado sus ojos u otras partes del cuerpo, como dedos y lenguas. Todos mostraban cortaduras horribles, un par tenía su abdomen abierto. La esencia horrorosa duró tan solo cinco minutos para Shining, quien agonizaba sin poder aguantar el dolor que tenía. No podía levantarse ni moverse tampoco, no sentía sus piernas. Lo más probable es que la brutalidad del grifo las hubiera hecho perder. Chorreando sangre, terminó yaciendo junto a los demás hombres caídos y un par de caballos sin vida. Mientras que los grifos, junto a ni más ni menos que su cuidadora, Starlight Glimmer, veían sin pena y sin lástima la maliciosa escena, desde una pequeña colina cercana.

Las horas pasaron, el día se hizo noche gracias al poder místico de la Princesa Celestia, quien con su magia en forma de auras de colores que sus manos rodeaban, podía con un poco de fuerza, bajar el sol y al mismo tiempo levantar la luna. Una vez de finalizar dicho trabajo, salió de su balcón y entró nuevamente al salón real, donde se encontraba el altar real y los sofás de su alteza. Sin embargo, algo le preocupada: Sus guardias aún no estaban de regreso.


¿Qué habría pasado? Eso se preguntaba la princesa, hasta que llegó una joven muy bonita al lugar: una chica de cabellos rubios, rosados y lilas, alta y con unos ojos celestes maravillosos. Se trataba de Candence, la sobrina de Celestia.


- “Celes-Tía”-exclamó la chica al entrar- ¿Hay alguna noticia acerca de los guardias que partieron hoy? ¿Y de Shining Armor?


El escuchar aquella pregunta hizo que la piel de su tía se pusiera de gallina.


- No mi querida Candence…No hay noticias acerca de ellos-respondió su alteza- …Espero que pronto sepamos algo. Supuestamente, aquel pueblo que decía, no era tan lejano a nuestro hogar.


- Eso espero…-suspiró Candence-… ¿Y qué hay de Sunburst? He oído que en estos días no ha dado clases en la escuela porqué estaba ocupado en “algo más”.


- Sunburst…-dijo Celestia-…Él está igual de raro que Shining Armor, diciendo que tenía una sospecha sobre un “pueblo perdido”. Espero que toda esa curiosidad no sea contagiosa, porque…


- ¡El Pueblo Perdido!- intervino la joven princesa muy alegre- ¡Suena interesante! Tal vez Sunburst y Shining tengan razón, quizás exista algún pueblo escondido en alguna parte del reino… Un pueblo que está muy bien ocultado, como si algunas personas pudiesen verlo y otras no… Sería genial encontrarse con algo así.


- Pues… Yo dudo acerca de su existencia…-suspiró Celestia- Pero… Hay que comprobarlo todo…


Esto último hizo bajarle un poco el entusiasmo a Candence. Se sintió un poco mal por el echo de que ese tal pueblo, el cual le parecía muy interesante, podría no existir. Un poco desanimada, se despidió de su amada tía para poder ir afuera y esperar la cena.


Tal como hacía todos los días, la joven se dirigió a su jardín real, yendo a sentarse en la orilla de una gigante fuente en forma de corcel. La chica llevaba consigo un libro, muy escondido. Pues, en estas épocas era extraño que una mujer se pusiera a leer. Pero no todos opinaban lo mismo.


- Muy buenas noches, Princesa Candence- exclamó casualmente Sunburst, quien pasaba por allí con un libro de hechizos debajo su brazo- Así que… ¿Con que estás continuando con tu lectura?


- ¡Así es!-respondió la princesa- Sí que está interesante… ¿Y tú qué haces?


Al escuchar la pregunta de la chica, Sunburst giró su cabeza hacia todos lados, para observar si había alguien por allí. Como no había rastros de ninguna persona, se agachó ante la princesa y le susurró.


- Iré por Shining y por los demás guardias- le susurró el mago- Estoy preocupado por él. Es mi mejor amigo, y temo que le pase algo malo por seguirme la corriente a mí, por seguirme en una idea tan tonta como la de descubrir u pueblo oculto…


La princesa al escuchar esto, se paró rápidamente y con una sonrisa preguntó:


- ¿¡Puedo ir contigo?!


Sunburst hizo un gesto de sorpresa pero al mismo tiempo, un gesto de agonía.


- No lo sé princesa… Creo yo, que puede ser peligroso. Mire, según nuestros cálculos, el pueblo no queda muy lejos de aquí. Pero si los guardias no han vuelto, significa algo. Además, recuerde que usted es una princesa. Si llegara a pasarle algo, ni Dios me lo perdonará.-exclamó el joven.


La princesa bajó su ánimo nuevamente y se volvió a sentar en la orilla del al fuente. Ella de verdad quería viajar y descubrir aquella aldea perdida. Le volvió a preguntar al mago si podía ir con él de nuevo, le suplicó e incluso le rogó e rodillas para que la dejara ir consigo. Así, como si fuese una niñita chica. A fin de cuentas, el chico terminó aceptando, solo con una condición: tener el máximo cuidado del mundo y escapar de forma disimulada, sin que nadie ni mucho menos su tía se enterara.


La joven aceptó con una sonrisa más grande que la luna y corrió a ayudar a empacar a su amigo cosas, como el típico libro de hechizos, una botella de vidrio con agua para consumir, algo de pan y una poción de color roja, la cual, ella no sabía de que se trataba.

Luego de guardar, ya era hora de cenar. Entonces, la joven se dirigió al comedor real para degustar de una deliciosa cena junto a su tía… En la enorme sala, la enorme mesa y las enormes sillas, sólo ellas dos. No habría pasado ni menos de dos minutos que la chica hubiese terminado de cenar, se levantó de la mesa, se despidió de su tía y dijo que se iría a dormir. Subió a su cuarto para encender la vela, agarrar unos cuantos almohadones en su cama, tapándolos con la manta, y sopló la llamita, para así, oscurecer todo el lugar.


- Un clásico-se dijo, y salió de su cuarto, bajando con muchísimo cuidado nuevamente, yendo a la salida del palacio, a cual no estaba con guardias justo en ese momento.


La chica no era tonta. Sabía bien que esos cinco minutos eran justamente, los minutos de cena de los guardias reales, y luego de ello tendrían que volver a su trabajo. Como los guardias estaban en una salita aparte, y su tía Celestia estaba por acostarse, aprovechó directamente a escapar, cerrar la gran puerta con muchísimo cuidado y echar a correr hacia el jardín, donde la esperaba Sunburst, subido de un hermoso corcel blanco.


- Hora de irnos, princesa-le dijo él, al verla llegar- ¿Tuvo mucho cuidado tal como yo se lo dije?...


- Por supuesto que sí, no es la primera vez que me escapo del palacio después del todo-respondió la chica, subiendo muy hábilmente al caballo- Ahora, vámonos.


El mago le entregó a la princesa un pequeño faról para que sostuviera en sus manos, y le pegó al corcel con un látigo que sacó mágicamente. Enseguida comenzó su viaje, su travesía hacia el pueblo perdido que él y el guardia decían. Obviamente que la salida del castillo duró menos que los cinco minutos de cena de los guardias. Ni siquiera, aquellos que controlaban las afueras del castillo estaban. Era común que fuesen tan descuidados y ”tontos” al ni siquiera cuidar de lo más importante: la seguridad de sus majestades y de su palacio. Una gran reja estaba cerrada, eso sí, a la salida final del castillo. Pero por suerte, Sunburst sabía de memoria u corto hechizo, que la hizo levantar por unos diez segundos, tiempo perfecto para poder pasar y salir de allí. Ahora sí, su viaje había empezado, y el destino era… El Oeste, tal como una brújula del hechicero decía.


Pasaron por las calles de la alta sociedad, levantando tierra por la velocidad de su caballo, casi atropellando a una persona que iba pasando por allí, y al fin, saliendo del pueblo cruzando el gigantesco puente que lo rodeaba. Se dirigieron al oeste, lugar donde estaría aquel pueblo perdido. Tararon un poco más que una hora, pues, estaba oscuro y la luz de la velita del faról no iluminaba mucho que digamos. Sin embargo… ¿Cómo se dieron cuenta que habían llegado a su ansiado destino?...

Empezaron a oler algo. Un olor que Sunburst reconoció, dedujo a los segundos que se trataría de sangre, sangre fresca. Tironeó las cuerdas atadas a su caballo para que este bajara su velocidad y comenzara, más que nada, a cabalgar a paso de hombre.


- ¿Sucede algo?- preguntó Candence al notar el comportamiento de su compañero, una angustiada cara que se iba poniendo pálida.


- Este olor… No creo que signifique algo bueno-exclamó Sunburst, quien comenzó a temblar- D-dame el farol.


La princesa obedeció al pedido del hechicero. Le pasó el faro que sostenía en sus manos, a punto de apagarse por lo poco que quedaba de vela. Al recibirlo, Sunburst lo colocó enfrente suyo, para iluminar lo que había o lo que podía llegar a ver. Aunque esto ya casi no iluminaba, logró ver claramente un casco de metal.


Se bajó de repente y corrió a agarrar este objeto. Al alzarlo, vio que dentro de ese casco, había sangre pegada. Se asustó al ver y lo soltó rápidamente, dejándolo caer al suelo haciendo un ruido brusco.


- Quédate aquí, princesa-le pidió el mago a la chica- Cuida de Harmony y de nuestras provisiones.


Sin entender mucho el “porque” Sunburst le había pedido eso, Candence obedeció y se paró al lado el caballo, para acariciarlo un poco mientras, un poco preocupada, veía al joven mago dar pasos lentos con la pequeña luz de la vela consigo.


A medida que iba avanzando, el joven observaba en el suelo, trozos de metal y de ropa de color azul. Todo revolcado en sangre o en tierra. El olor iba aumentando más y más, hasta que encontró algo: un cadáver.


El chico casi pegó un grito del susto, pero prefirió callarse para no asustar a la princesa, que no estaba muy lejos de allí y bien había hecho caso. Se acercó al cuerpo, con pedazos de armadura a su alrededor. El cuerpo tenía el torso desnudo y abierto, mostrando carne y un poco de las costillas. El ver esto no horrorizó mucho al joven, sino que lo preocupó. ¿Qué clase de bestia, demonio, o lo que haya sido, podría haber hecho tal destrozo? Estaba claro que de una persona no era.


Decidió acercarse un poco más, pero solo un poco, no solo porque estaba muy oscuro y su vela estaba a segundos de apagarse, sino que también temía encontrarse con el cuerpo de Shining Armor, su mejor amigo.


A medida que dio unos pasos, empezó a escuchar un ruido de repente. Como si, aquello que hacía ese ruido, hubiera aparecido de un segundo al otro. Era un ruido de un soplido, de una respiración, pero se escuchaba más fuerte de lo que respiraba una persona normal. Se acercó un poco más. Sintió una poquísima brisita frente suyo. La vela, como estaba previsto, terminó apagándose.


Al quedar totalmente a oscuras, Sunburst pensó en regresar con la princesa, pero algo le hizo cambiar de opinión: duda. Se preguntaba quién era o que era aquello que respiraba tan fuerte, y que a medida que se iba acercando, sentía brisas más fuertes contra él. Sin saber a dónde estaba yendo, ya que la oscuridad era tal que no se veía casi nada, terminó pisando algo, haciendo un fuerte crujido.


Y fue en ese momento, al causar ese sonido de algo quebrándose, que vio frente suyo a dos ojos enormes y amarillos fluorcentes. Estos tenían una pupila en forma de tajo, y posteriormente, aparecieron dos ojos gigantes más al lado de los otros, exactamente iguales. C

uando el chico, comenzando recién a reaccionar sobre lo que había visto, dio unos pasos hacia atrás, escuchó un pequeño ruido proveniente de aquella criatura. Un ruido como un rugido bajo, que hizo “despertar” y abrir los ojos iguales de otra criatura más, justo al lado del segundo par de ojos.


Sunburst se sorprendió. Se quedó quieto y casi boquiabierta, ya que no sabía a que pertenecían esos ojos enormes y ese bajo ruido… Por ese momento…

Pero no le sirvió para nada el quedarse quieto allí: de un segundo al otro, aquella criatura extraña se levantó del suelo. Era enorme, no le costó nada levantarse, pero si parecía eterno el ver cómo, aparentemente, cuatro cuellos se elevaban hasta llegar muy alto, llegando a medir varios metros de altura. De los nervios, Sunburst no reaccionó, muchos menos pudo calcular cuánto media aquella bestia en total. Solo sabía algo: incluso las patas medían mucho, mucho más que una persona como él.   El rostro de la bestia se iluminó al llegar muy, muy alto. O mejor dicho, los rostros.... Se trataba de una extraña criatura que tenía consigo cuatro cabezas, cada una era exactamente igual a la otra. Aquellos ojos que brillaban en la oscuridad, escamas enormes en todo el cuerpo y larguísimas lenguas, parecidas a las de una serpiente. Luego de presentar sus caras hacia la luz, bajaron su mirada hacia Sunburst, quien estaba todavía quieto, sin haber movido un solo músculo desde que la bestia se había levantado. ¿Acaso eso era lo que había terminado con la vida de todos los guardias…?


Todo quedó en silencio total. La bestia solo hacia pequeños rugidos cuando una de sus cabezas se movía. Pero eso pasaba muy poco, pues, estaban viendo atentamente al joven, quien estaba mirando a la nada y pensando en todo. Pero… El vacío silencio se interrumpió con la llegada de la princesa Candence en el caballo, parándose enfrente de Sunburst para que este se subiera y escapasen lo más pronto posible.


Sin embargo, en el preciso instante en el que la princesa hizo detener al corcel justo enfrente del mago, la criatura extraña largó un fuertísimo rugido y las cuatro cabezas bajaron a una velocidad intensa hacia el suelo, con la intención de abrir sus bocas al casi llegar y devorar a aquellos visitantes.

Pero por suerte, pudieron salvarse: Sunburst reaccionó a último momento y se subió a su caballo de un salto, muy ágilmente, algo que casi nadie podía hacer. Y antes que las cabezas cayeran encima suyo, le gritó a su caballo para que este esquivara aquellas lenguas enormes y gigantescos dientes. Al esquivarlas, Sunburst sacó nuevamente un látigo del bolso y le pegó al equino, para que este echara a correr lo más antes posible… Aunque no era muy necesario, pues este ya sabía el grandísimo peligro que pasaría si no comenzaba a escapar. El caballo echó a correr velozmente, desesperado y con la princesa y el mago encima suyo, igual de asustados, o peor.


- ¿¡Qué se supone que es eso!?-preguntó la princesa, girando su cabeza hacia la derecha al ver que la bestia gigante empezó a seguirlos.


- Una hidra, eso es-respondió el joven hechicero, agitado- Lo he visto cuando fui de viaje al pantano Froggy Bottom hace unos años. O al menos, la hidra que vi no era tan mala como esta.


Tal como decía Sunburst, aquella hidra era maligna, era obvio que quería deshacerse de aquellos “turistas”. Escapar de la bestia se le hacía imposible, pues, veinte pasos del corcel cuando corría, equivalían tan solo a dos pasos de la hidra.


En uno de esos pasos, la bestia aprovechó a pisar muy, muy fuerte, haciendo temblar el suelo como si se tratase de un terremoto y consigo, haciendo que el caballo llegara a tal grado de desesperación para caer al suelo, haciendo que sus cabalgantes fueran tirados lejos. Por desgracia, el noble corcel fue aplastado por una de las patas de la hidra.


Sunburst se levantó rápidamente, aunque bien se había raspado sus brazos y piernas. Se había parado para observar a la hidra, aprovechar que se acercara más y más y así, tirarle un hechizo en una de sus cabezas.


- ¡Cabezeous Ranquelius!-gritó el joven, haciendo que de su mano, salieran rápidamente auras de color celeste y fueran a dar a la cabeza del medio de la hidra, rodeándola como un látigo y apretándosela a una velocidad increíble, llegando al punto que esta terminara siendo cortada y cayendo a tan solo un par de metros de los dos chicos.


El joven mago pensaba que esto serviría para que la bestia se distrajera y ambos pudieran escapar de alguna forma o esconderse, pero no funcionó: del mismo cuello en el cual, la cabeza fue cortada, regeneraron dos cabezas en lugar de una sola, quedando así cinco cabezas iguales y peligrosas. Todo en un par de segundos.


Candence, quien terminaba de levantarse, con un tobillo torcido, recordó que en el bolso que traía puesto, estaba el libro de hechizos del mago.


- ¿Aquí hay algún otro hechizo para distraerla por más tiempo?-preguntó la princesa, acercándose al mago, quien estaba dando pasos hacia atrás.


- Eso ni siquiera se pregunta en casos como este- le respondió Sunburst- Pero, gracias por recordarme que existe un hechizo más…


Cuando la hidra estaba por, otra vez, tirar sus cabezas hacia los dos jóvenes, el hechicero tiró un encantamiento el cual, causó que todo aquel sector donde estaban, se llenara de un humo celeste, pesado y muy difícil de poder ver dentro de él.


Para su suerte (no mucha), los dos lograron correr, aprovechando que el humo hacia que los ojos de las cinco cabezas no vieran casi nada y les ardieran a más no poder. Pero… Como ya habíamos dicho antes, su suerte no era para tanto: a pesar que el sentido de la vista les estaba fallando, las cabezas se levantaron, y con sus ojos casi cerrados, rugieron largando de sus bocas, un gas color verdoso, un aliento venenoso.


Si veinte pasos de un caballo en pleno escape equivalían a tan solo dos pasos de la hidra, había que imaginar entonces, lo que equivalían los pasos de dos personas comunes. El gas los alcanzó en cuestión de decisegundos. Y tardaron solo menos de diez segundos, para caer en el veneno del gas. Sus ojos ardían mucho más que los de la hidra, obligándolos a cerrarlos. Su respiración no aguantó más, cayeron sin consuelo, aparentemente, sin vida. La misión de la hidra estaba cumplida, habían derrotado a sus oponentes. O eso parecía…


A diferencia de lo que había durado la esparción del gas en el lugar, este se tardó varios minutos en irse del todo. Y al ir terminando, apareció una chica, apoyándose en una de las patas de la bestia.


- Bien hecho, pequeñas niñas…-les decía la joven a las cinco cabezas, las cuales estaban agachadas a la par de ella-…Nadie, ni mucho menos su real majestad y su estúpido mago, se meterán en mi territorio…



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